El mundo musical

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domingo, 11 de diciembre de 2011

La Verdadera Navidad


Siempre me ha gustado mucho la Navidad, me aportaba alegría e ilusión vivirla. Luego, con los años, seguía gustándome de igual manera, pero pensaba "¿por qué no somos todo el año tan generosos como en Navidad?"... Lo cierto es que yo, como la mayoría de las personas, celebraba estas fechas haciendo una gran cena, donde no faltaba cordero, marisco y champán. Haciendo un gasto extraordinario "porque la Navidad es la Navidad".

Todo ha cambiado en mí. Los últimos años han sido duros, y especialmente este que estamos a punto de terminar...

Esta Navidad la viviré de una forma muy distinta, porque de primer plato serviré cariño en lugar de marisco; de segundo habrá mucha comprensión sustituyendo al cordero; como postre serviré una fuente variada de dulces de solidaridad, generosidad, amor al prójimo… y brindaremos con zumo de esperanza.

No haré ningún gasto extra, porque este último año lo ojos del alma se me han abierto, y todas las Navidades que he vivido, ahora me resultan un poco absurdas... Este año soy mucho más pobre que nunca, en bienes materiales, pero todo lo que he perdido me ha enriquecido como persona, me ha hecho ver que “la verdadera Navidad es humilde y solidaria”, y así la viviré.

Este convencimiento, o cambio en mi forma de ver la vida en general, incluidas las fiestas navideñas, a cada uno nos llega en algún momento. A los que aún no les ha llegado, sería bonito que dedicasen, una pequeñísima parte de sus gastos extraordinarios, para ayudar a alguien que lo necesita.

Os deseo unas felicísimas Navidades y que el año 2012 sea mucho mejor para todos, por mi parte, este año será el que más disfrute de toda mi vida.

María Jesús



viernes, 25 de noviembre de 2011

“El valor de cada uno”


Un niño entró en una tienda de animales y preguntó el precio de unos cachorros que estaban en venta.

-Entre 30 y 50 euros, respondió el dueño.

El niño sacó unas monedas de su bolsillo y dijo:
 -Sólo tengo 2 euros... ¿Podría ver los perritos?

El dueño de la tienda sonrió y llamó a Fifí, la madre de los cachorritos, que vino corriendo, seguida de cinco bolitas de pelo. Uno de los cachorritos venía el último y caminaba con dificultad.

El niño, señalando a aquel cachorrito, preguntó:
-¿Qué le ha pasado?

El dueño de la tienda le dijo que el veterinario le había examinado y descubrió que tenía un problema en el hueso de la cadera, de manera que siempre caminaría con dificultad.

El niño se animó y dijo con los ojos llenos de alegría:
¡Ése es el perrito que quiero comprar!

El dueño de la tienda respondió:
-No, a este no lo puedes comprar. Si de veras lo quieres, te lo regalo.

El niño guardó silencio y con los ojos llenos de lágrimas, miró fijamente al dueño de la tienda y le dijo:
-Yo no quiero que usted me lo regale. Este perrito vale igual que cualquiera de los otros y yo voy a pagarlo todo. Le doy ahora 2 euros, y le iré pagando cinco euros cada mes, hasta pagar todo.

Sorprendido, el dueño de la tienda le contestó:
-¿Cómo vas a comprar este perrito? Nunca podrá correr, saltar o jugar contigo y con los otros perritos.

El niño, muy serio, se agachó y se descubrió lentamente la pierna izquierda, dejando ver la prótesis que usaba para andar... Y, mirando al dueño de la tienda le respondió:
-Mire...a mí me falta una pierna...Yo no corro muy bien y el perrito va a necesitar de alguien que lo entienda.

A veces despreciamos a las personas con quienes convivimos todos los días a causa de sus defectos, cuando en realidad todos somos iguales o peor que ellas. No nos damos cuenta de que esas mismas personas necesitan de alguien que las comprenda y las ame, no por lo que ellas pudieran hacer, sino por lo que realmente son. Amar a todos es difícil, pero no imposible.

Confieso que al leer de nuevo este cuento, no he podido evitar mocionarne... he llorado de ternura, y he recordado a algunas personas a las que quiero y se parecen mucho a ese niño. Es precioso pensar que hay muchos niños como el del cuento repartidos por el mundo. Espero que todos tengáis la suerte de encontraros uno...

Pido disculpas por mi larga ausencia y espero mantenerme en activo.
Feliz fin de semana y un beso muy grande!

María Jesus


martes, 13 de septiembre de 2011

EL Portero del Prostíbulo

De los muchos cuentos que he leído, este es uno de mis favoritos... especialmente en tiempos de crisis. Es una lección que aprendí la primera vez que lo leí y que aún hoy sigo recordando.




No había en el pueblo peor oficio que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio.


Un día, se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor, que decidió modernizar el negocio. Hizo cambios y citó al personal para darle nuevas instrucciones.


Al portero, le dijo:


– A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, va a preparar un reporte semanal donde registrará la cantidad de personas que entran y sus comentarios y recomendaciones sobre el servicio.


– Me encantaría satisfacerlo, señor –balbuceó– pero yo no sé leer ni escribir.


– ¡Ah! ¡Cuánto lo siento!


– Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida.


– Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Le vamos a dar una indemnización hasta que encuentre otra cosa. Lo siento, y que tenga suerte.


Sin más, se dio vuelta y se fue. El portero sintió que el mundo se derrumbaba. ¿Qué hacer? Recordó que en el prostíbulo, cuando se rompía una silla o se arruinaba una mesa, él lograba hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que ésta podría ser una ocupación transitoria hasta conseguir un empleo. Pero sólo contaba con unos clavos oxidados y una tenaza derruida. Usaría parte del dinero de la indemnización para comprar una caja de herramientas completa.


Como en el pueblo no había una ferretería, debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. Y emprendió la marcha. A su regreso, su vecino llamó a su puerta:


– Vengo a preguntarle si tiene un martillo para prestarme.


– Sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...


– Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.


– Está bien.


A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.


– Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?


– No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.


– Hagamos un trato –dijo el vecino. Yo le pagaré los días de ida y vuelta más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?


Realmente, esto le daba trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. A su regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.


– Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo... Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje, más una pequeña ganancia; no dispongo de tiempo para el viaje.


El ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.


Recordaba las palabras escuchadas: "No dispongo de cuatro días para compras". Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara para traer herramientas. En el viaje siguiente arriesgó un poco más de dinero trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes.


La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Alquiló un galpón para almacenar las herramientas y algunas semanas después, con una vidriera, el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente. Con el tiempo, las comunidades cercanas preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.


Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricarle las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no?, las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos... En diez años, aquel hombre se transformó, con su trabajo, en un millonario fabricante de herramientas.


Un día decidió donar una escuela a su pueblo. En ella, además de a leer y escribir, se enseñarían las artes y oficios más prácticos de la época. En el acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad, lo abrazó y le dijo:


– Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de esta nueva escuela.


– El honor sería para mí –dijo el hombre–. Nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir; soy analfabeto.


– ¿Usted? –dijo el Alcalde, que no alcanzaba a creer–. Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir?


– Yo se lo puedo contestar –respondió el hombre con calma–. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería el portero del prostíbulo!

Feliz semana a todos y un beso.

*María Jesus*

lunes, 29 de agosto de 2011

Angelito Negro


El poema que pongo a continuación, me ha llegado tan al alma, que he pedido permiso a mi hermano para publicarlo... por los niños de Somalia y por todos los niños, que como el del poema sufren y mueren.


*Angelito Negro*

Mientras un niño llora, mamá le canta,
y le arrima su teta, no sale nada,
están secos sus pechos, como su alma,
mientras el niño llora, ella le calma.
Sus ojitos pequeños están hundidos,
no le brillan, reflejan que está perdido,
tiene sed, tiene hambre, tiene tristeza,
y su madre le abraza, mientras se queja.
Ella alza sus ojos, mirando al cielo,
y llorando suplica que su pequeño,
ya no tenga hambre y sed… tan sólo eso.
El pequeño calla, ya no solloza,
se ha quedado dormido… la madre llora.
No se mueve, no gime… se ha ido su alma,
su mamá se despide, por fin se calma.
Mientras cubre su cara, le come a besos,
se despide del niño, tan sólo eso.
Ya no hay hambre, no hay sed… ya se ha acabado,
el pequeño descansa, está cansado.
Ahora es un angelito… duerme tranquilo.
Desde el cielo a su madre, le ha sonreído.
Autor // Luis Blanco Guillen //
Ojalá entre todos podamos mandar un Trébol de cuatro Hojas a Somalia  para que esto deje de ocurrir...
Un beso a todos *Cuchu*


viernes, 20 de mayo de 2011

La jaula de los jilgueros


Había una vez una jaula muy grande que estaba llena de jilgueros. Todas las mañanas, cuando salía el sol, todos comenzaban a cantar. En pocos lugares se escuchaban unos cantos tan bonitos como aquellos. Pero había un jilguero que destacaba por lo bien que lo hacía. Nunca se había oído cantar a un pájaro de esa manera.

Un hombre muy rico oyó hablar de este jilguero y quiso tenerlo en su casa. Fue al dueño y le ofreció una fortuna a cambio del pájaro. Pero el dueño le dijo que había un pequeño problema. Como todos eran tan parecidos, no sabía distinguir cuál de ellos era. Aunque la cosa era de fácil solución; cuando le oyera cantar, se fijaría en él y le haría una marca. Así que, el hombre rico quedó en volver al día siguiente para llevárselo.

El dueño se puso a buscar al que cantaba tan bien. Cuando lo descubrió, lo cogió y le arrancó una pluma de la cola. Así lo podría reconocer con facilidad.

Por la noche, todos los jilgueros que vivían en la gran jaula estaban muy preocupados. Habían caído en la cuenta de que el dueño quería vender al que mejor cantaba. Estaban muy unidos y no querían perder a un buen amigo. Por eso, buscaron la manera de impedir que su amigo fuera vendido. Después de estar un rato pensando, a uno de ellos se le ocurrió una brillante idea. Arrancarse todos la misma pluma de la cola. Así no podrían reconocerle y no lo venderían.

A la mañana siguiente, llegó el hombre rico a por el jilguero. El dueño lo acompañó hasta la jaula diciéndole que ya estaba todo solucionado. Pero cuando empezó a buscarlo, se dio cuenta de que a todos les faltaba la misma pluma de la cola. Al final, no pudo encontrarlo y el jilguero no fue vendido. La unión de sus amigos había conseguido salvarle.

Siempre la unión hace la fuerza... Feliz fin de semana. Un beso.
María Jesus

domingo, 17 de abril de 2011

Caminando hacia el presente

Caminando hacia el presente (modificado)


Jorge sentía cómo se apagaba su ilusión. Había trabajado muy duro toda su vida para llegar a tener una estabilidad económica en la vejez. Siempre soñó pasar los años de madurez viajando y disfrutando lo que le restara de vida... Y ahora, a los 50 años, se había arruinado. Todo cuanto consiguió se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Se encontraba como cuando era un adolescente, es decir, sin nada. Con la diferencia de que ahora ya no tenía la energía y el ímpetu de entonces, y tampoco tenía tanto tiempo como en la juventud. Se sentía desolado, sin ganas de volver a empezar y sin ganas de seguir en su nueva situación.

Salió a dar un paseo por la playa, necesitaba el aire fresco, el ruido de las olas, la brisa del mar y pensar… pensar mucho. Debía encontrar la forma de resolver su triste situación. En su paseo miró hacia atrás y se fijó en las huellas de sus pies, marcadas en la fina arena mojada… una ola las cubrió y se borraron de nuevo… “Eso es mi vida ahora, una huella borrada”… Lloró desconsolado y siguió su paseo con la mirada fija en el suelo.

Un hombre de unos 30 años se cruzó con Jorge y al ver sus lágrimas se paró a preguntarle -¿Se encuentra bien?- . Jorge miró al joven y casi sin pensar empezó a contar su historia… ¡Necesitaba tanto desahogarse con alguien! El hombre le escuchaba con atención y trató de animarle. Jorge reparó en su vestimenta harapienta y no pudo evitar preguntarle -Parece que a usted tampoco le va demasiado bien; pero aún es joven y está a tiempo de remontar, ¡no pierda el tiempo!, y fórjese una buena vejez. Llegará un día en el que no pueda trabajar y necesitará recursos-. El hombre le miró con extrañeza y pausadamente le contestó -a mí me va muy bien, vivo como me gusta. Disfruto cada amanecer, cada puesta de sol, dedico tiempo a la lectura, viajo, cultivo amistades con personas increíbles... aprendo cada minuto de lo que me rodea- contestó.

-¿Pero no trabaja ni hace nada de provecho?

-Trabajo lo necesario, así tengo más tiempo para disfrutar lo que la vida me brinda cada momento. Aprovechar bien la vida es hacer algo de provecho-. Concluyó y con un gesto amable se despidió de él siguiendo su camino.

Jorge se volvió mirando cómo se alejaba y pensó que aquel hombre sería un pobre desgraciado en la madurez, con una vida difícil y triste.

Siguió su paseo, recordando la conversación que acababa de mantener. Iba distraído en sus pensamientos y sin darse cuenta pisó a un joven, que hacía castillos de arena, con tan mala suerte que cayó encima rompiendo el castillo que tan afanosamente hacía el muchacho, que no tendría más de 18 años.

-¡Cuanto lo siento!- se disculpó Jorge. El muchacho se le quedó mirando unos segundos y con una sonrisa le dijo –no importa volveré a reconstruirlo. A Jorge le dio pena que aquel chico perdiera así su tiempo, y sin que nadie se lo pidiera, contó su historia al joven. Con la mejor de sus intenciones le aconsejó -no pierdas tu juventud haciendo castillos de arena... acabas de ver que no tienen ninguna consistencia. Aprovecha el tiempo para forjarte un buen futuro, luego, cuando menos lo esperas viene la madurez y no tendrás nada.

-Soy muy joven para pensar en mi madurez. Ahora estoy ocupado en disfrutar de mi juventud.

-Pero deberías pensar en hacer algo de provecho para el futuro.

-Ya lo estoy haciendo... disfruto cada momento que se me brinda ¿no es eso de provecho?-.

Jorge se despidió del muchacho, que empezó a reconstruir su castillo de arena. Y siguió su paseo convencido de que esa conversación no llegaría a ninguna parte, el joven no comprendía que sólo trataba de darle un consejo. No valoraba su experiencia.

Andaba despacio, apesadumbrado por su mala suerte. Volvió a mirar atrás… miró de nuevo sus huellas cada vez más apenado, y vio que un anciano las iba pisando una a una, acercándose a él. Tendría unos 80 años y parecía un hombre feliz. –Parece usted muy triste- le dijo el anciano de pelo blanco y mirada limpia. -Usted parece feliz- contestó Jorge- Yo he trabajado duro toda la vida, para poder disfrutar de una madurez tranquila… he tenido mala suerte, seguro que a usted le fue mejor que a mí.

-Nunca he trabajado duro para tener una buena vejez... he trabajado porque tenía que hacerlo para poder sobrevivir. Pero he gastado todo según lo ganaba y ahora no tengo nada.

-Entonces ¿por qué parece tan feliz si no tiene nada?


- Porque no lo necesito. Tengo una familia que me quiere, amigos y muchas vivencias alegres que me proporcionan satisfacción.

-No lo entiendo. Si no ha hecho nada de provecho ¿qué satisfacción puede tener?

-He aprovechado cada momento bueno que se ha presentado, he vivido y sigo viviendo el momento, ¿invertir el tiempo en ser feliz en cada momento no es algo de provecho?-contestó con una gran sonrisa.

Jorge se despidió del anciano y se fue a su casa sintiéndose mucho peor que antes; pensando que había desperdiciado su vida preparando un futuro mejor… No disfrutó los buenos momentos que se le fueron presentando, estaba demasiado ocupado en forjarse una estabilidad... ¿qué estabilidad? pensó.

-¡Si volviera a nacer haría las cosas de otra forma! Disfrutaría el presente e intentaría ser feliz, sin obsesionarme tanto en el mañana.

-¿Y por qué no empiezas ahora?, has vivido la mitad de tu vida sin apenas apreciarla... ¿Por qué no empiezas a disfrutar desde hoy cada minuto, hasta el fin de tus días?-.


-¿Quién ha dicho eso?- preguntó Jorge, que se encontraba solo en la puerta de su casa.

-Soy tu presente. Llevo 50 años contigo y ni siquiera te has dado cuenta de que estaba aquí. El pasado va detrás de ti y el futuro va por delante. Solo yo, estoy siempre contigo, esperando que aceptes lo que te ofrezco. Si lo haces, te proporcionaré muchos buenos momentos. La vida es de provecho si sabes aprovecharla siendo todo lo feliz que puedas. No importan las circunstancias... sólo serás feliz si eres agradecido con lo que tienes.

-¿Qué debo hacer entonces? No tengo medios… me he quedado sin nada.

-¿Sin nada?... ¿Ha cambiado la playa ahora que te has arruinado? Y el mar… ¿ha cambiado? ¡Todo te está esperando! ¡Disfrútalo! ¿Qué importa si tu bolsillo está lleno o vacío?-.

Jorge al fin comprendió lo que le decía el presente. Pensó en el joven, en el anciano y en el hombre harapiento. Comprendió que lo verdaderamente importante, es hacer aquellas cosas que alegran el espíritu…

… Y se marchó en compañía de su presente dispuesto a beberse la vida… en sus ojos había un brillo de ilusión.

Un beso a todos.

*María Jesús* Safe Creative #1105069151362 Compartir

lunes, 11 de abril de 2011

Buscando recuerdos


Buscando recuerdos de mi vida me encontré con la memoria...¿ tú quién eres ? pregunté, pues no la reconocí; no me contestó, se hizo la remolona y volvió ha esconderse entre los recuerdos perdidos. - Es la memoria - dijo alguien detrás de mí. Me dí la vuelta y me encontré con mi conciencia.
- ¿ De qué se esconde ? quiero encontrar mis recuerdos y ella no quiere ayudarme. La conciencia se puso tensa y me dijo: No fuerces a la memoria, hazme caso, seguro que te está haciendo un favor. La memoria es sabia, a veces incluso es bondadosa y nos protege de los malos recuerdos.
Dejé de buscar en mis recuerdos y empecé a vivir el presente. Safe Creative #1104118951618

Cuchu / Agosto 2009 /

lunes, 21 de marzo de 2011

El Juego de la Oca

Hoy se me ha venido a la cabeza un pensamiento, en realidad es una comparación que me ha hecho reflexionar. Por un momento he visto el juego de la oca, tan conocido por todos, como el paso por la vida. A veces caes en los dados, en la oca o en el puente, y sientes que tienes suerte, avanzando con más rapidez a la meta… también está la posada, que retrasa nuestro camino o el pozo que nos obliga a detenernos, hasta que otro nos rescate cayendo en él. Pero la que menos gusta es la muerte, que nos obliga a empezar de nuevo y entonces pensamos que la suerte es mala. Sin embargo aplicado a la realidad no lo veo así… en la vida real los dados o la oca no son signos de suerte, según mi opinión, tampoco el pozo o la posada son lo contrario, incluida la muerte.


Sólo son formas de vivir la vida, unos prefieren los atajos –dados y ocas-, saltándose un montón de experiencias que aportan sabiduría, madurez y preparación, cosas que únicamente se consiguen paso a paso (la posada) o incluso quedando una larga temporada inactivos (el pozo), deteniéndose, soportando los avatares buenos o malos, superando cada prueba que se nos presente… empezando de nuevo a veces. Enseñándonos a disfrutar intensamente de esa meta, que no es más que el cúmulo de las experiencias vividas. Correr mucho para llegar antes, impide disfrutar del transcurso del juego, que es lo que realmente enriquece nuestra vida y nuestro interior, lo que en definitiva para mí importa. Por eso en mi juego de la oca nada es mejor o peor, sólo son casillas por las que avanzo al ritmo que marca el juego. No hay meta a la que llegar porque está dentro de mí, la meta es la vida con sus días buenos y malos y sólo yo puedo conseguir que sea mejor… o no. Claro decir esto es muy fácil, por eso lo digo… otra cosa es conseguirlo, porque qué difícil resulta cuando hay que volver a empezar el juego, o cuando caes en un laberinto y tienes que retroceder… qué difícil pensar dentro del laberinto: “no pasa nada, esto es sólo una circunstancia más”. Eso sí, lo intento y a veces consigo que caer en el pozo me afecte menos o deje de ser una tragedia.

Y aunque puede ser una contrariedad a lo que escribí hace un momento, cómo me gustaría en estos momentos poder vivir ese “de oca a oca y tiro porque me toca”… porque algunas experiencias si no se viven, no pasa nada… bueno sí, que nos las ahorramos porque son innecesarias.

Sea como fuere, que cada uno viva su partida lo mejor que sepa y pueda… y si le gusta correr más, pues que corra, y si no quiere hacerlo, pues que no corra; pero hay que jugar siempre, hasta el final de la partida.

Un beso para ti

*María Jesús Blanco*