El mundo musical

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sábado, 4 de febrero de 2012

El cuento del burro



Un día, el burro de un granjero cayó a un pozo. El animal estuvo horas y horas rebuznando lastimeramente, mientras el hombre cavilaba sobre qué hacer. Por fin decidió que el animal era viejo, y que de todas maneras había de cegar el pozo; no valía la pena sacarlo de allí.
De manera que llamó a todos sus vecinos para que vinieran a ayudarle. Todos cogieron palas y empezaron a tirar tierra al pozo. Cuando el burro se dio cuenta de lo que estaban haciendo, empezó a dar unos chillidos horribles. Y luego, ante el asombro general, se calmó. Unas cuantas paladas más tarde, el granjero miró al fondo del pozo. Y se quedó asombrado por lo que estaba viendo. El burro se sacudía la tierra del lomo y subía por el pozo sobre el montón creciente.
Los vecinos del granjero siguieron echando tierra sobre el animal, y cada vez se la sacudía y subía otro poco. En poco tiempo, el burro llegó al brocal, salió del pozo y se fue trotando tan feliz.
La vida le tira tierra encima... todos los tipos de tierra. El truco para salir del pozo es sacudírsela de encima y subir un paso. Cada uno de nuestros problemas es un escalón. Podemos salir de los pozos más hondos si no nos detenemos, si no nos rendimos nunca. Sacúdase y suba otro poco.

Autor: Anónimo

Que tengáis un bonito domingo.
Un abrazo cariñoso de una futura burra.
Maria Jesus

lunes, 30 de enero de 2012

Cada uno da lo que posee...





 Esta es una corta historia en la que hay mucho que aprender. A mi me resultó preciosa al leerla y espero que os guste:
 Cada uno da lo que posee...

Una persona perversa resuelve hacer un presente a una persona pobre por su aniversario e irónicamente manda preparar una bandeja llena de basura y desperdicios.

 
En presencia de todos, manda entregar el presente, que es recibido con alegría por el agasajado.

Gentilmente, el agasajado agradece y pide que lo espere un instante, ya que le gustaría poder retribuir la gentileza.

Tira la basura, lava la bandeja, la cubre de flores, y la devuelve con un papel, donde dice:
Así que, no te entristezcas con la actitud de algunas personas;

No pierdas tu serenidad.

Domina tus reacciones emotivas.

Sé dueño de ti mismo.

No arrojes leña en el fuego de tu aborrecimiento.

No pierdas tu calma.

Piensa antes de hablar y no cedas a tu impulsividad.

"Guardar resentimientos es como tomar veneno y esperar que otra persona muera".

 Feliz semana!

 Maria Jesus

domingo, 1 de enero de 2012

El Pequeño Pez


"Usted perdone", le dijo un pez a otro, "es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscando por todas partes, sin resultado".
"El Océano", respondió el viejo pez, "es donde estás ahora mismo". "
¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano", replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte. 
                                                                         ***

Se acercó al Maestro, vestido con ropas sannyasi y hablando el lenguaje de los sannyasi: "He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas las partes donde El mismo ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los pobres".
"¿Y lo has encontrado'", le preguntó el Maestro.
"Sería un engreído y un mentiroso si dijera que sí. NO; no lo he encontrado. ¿Y tú?"
¿Qué podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba la habitación con sus rayos de luz dorada. Centenares de gorriones gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana. A lo lejos podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar... Y sin embargo aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a Dios, que aún estaba buscándolo.
Al cabo de un rato, decepcionado, salió de la habitación del Maestro y se fue a buscar a otra parte.
* * *
Deja de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, abrir tus ojos y mirar. No puedes dejar de verlo. 

-Anthony de Mello-
Deseo para todos que este año podamos estar tranquilos, que podamos abrir nuestros ojos y no sólo mirar, si no ver... Un besote.

domingo, 11 de diciembre de 2011

La Verdadera Navidad


Siempre me ha gustado mucho la Navidad, me aportaba alegría e ilusión vivirla. Luego, con los años, seguía gustándome de igual manera, pero pensaba "¿por qué no somos todo el año tan generosos como en Navidad?"... Lo cierto es que yo, como la mayoría de las personas, celebraba estas fechas haciendo una gran cena, donde no faltaba cordero, marisco y champán. Haciendo un gasto extraordinario "porque la Navidad es la Navidad".

Todo ha cambiado en mí. Los últimos años han sido duros, y especialmente este que estamos a punto de terminar...

Esta Navidad la viviré de una forma muy distinta, porque de primer plato serviré cariño en lugar de marisco; de segundo habrá mucha comprensión sustituyendo al cordero; como postre serviré una fuente variada de dulces de solidaridad, generosidad, amor al prójimo… y brindaremos con zumo de esperanza.

No haré ningún gasto extra, porque este último año lo ojos del alma se me han abierto, y todas las Navidades que he vivido, ahora me resultan un poco absurdas... Este año soy mucho más pobre que nunca, en bienes materiales, pero todo lo que he perdido me ha enriquecido como persona, me ha hecho ver que “la verdadera Navidad es humilde y solidaria”, y así la viviré.

Este convencimiento, o cambio en mi forma de ver la vida en general, incluidas las fiestas navideñas, a cada uno nos llega en algún momento. A los que aún no les ha llegado, sería bonito que dedicasen, una pequeñísima parte de sus gastos extraordinarios, para ayudar a alguien que lo necesita.

Os deseo unas felicísimas Navidades y que el año 2012 sea mucho mejor para todos, por mi parte, este año será el que más disfrute de toda mi vida.

María Jesús



viernes, 25 de noviembre de 2011

“El valor de cada uno”


Un niño entró en una tienda de animales y preguntó el precio de unos cachorros que estaban en venta.

-Entre 30 y 50 euros, respondió el dueño.

El niño sacó unas monedas de su bolsillo y dijo:
 -Sólo tengo 2 euros... ¿Podría ver los perritos?

El dueño de la tienda sonrió y llamó a Fifí, la madre de los cachorritos, que vino corriendo, seguida de cinco bolitas de pelo. Uno de los cachorritos venía el último y caminaba con dificultad.

El niño, señalando a aquel cachorrito, preguntó:
-¿Qué le ha pasado?

El dueño de la tienda le dijo que el veterinario le había examinado y descubrió que tenía un problema en el hueso de la cadera, de manera que siempre caminaría con dificultad.

El niño se animó y dijo con los ojos llenos de alegría:
¡Ése es el perrito que quiero comprar!

El dueño de la tienda respondió:
-No, a este no lo puedes comprar. Si de veras lo quieres, te lo regalo.

El niño guardó silencio y con los ojos llenos de lágrimas, miró fijamente al dueño de la tienda y le dijo:
-Yo no quiero que usted me lo regale. Este perrito vale igual que cualquiera de los otros y yo voy a pagarlo todo. Le doy ahora 2 euros, y le iré pagando cinco euros cada mes, hasta pagar todo.

Sorprendido, el dueño de la tienda le contestó:
-¿Cómo vas a comprar este perrito? Nunca podrá correr, saltar o jugar contigo y con los otros perritos.

El niño, muy serio, se agachó y se descubrió lentamente la pierna izquierda, dejando ver la prótesis que usaba para andar... Y, mirando al dueño de la tienda le respondió:
-Mire...a mí me falta una pierna...Yo no corro muy bien y el perrito va a necesitar de alguien que lo entienda.

A veces despreciamos a las personas con quienes convivimos todos los días a causa de sus defectos, cuando en realidad todos somos iguales o peor que ellas. No nos damos cuenta de que esas mismas personas necesitan de alguien que las comprenda y las ame, no por lo que ellas pudieran hacer, sino por lo que realmente son. Amar a todos es difícil, pero no imposible.

Confieso que al leer de nuevo este cuento, no he podido evitar mocionarne... he llorado de ternura, y he recordado a algunas personas a las que quiero y se parecen mucho a ese niño. Es precioso pensar que hay muchos niños como el del cuento repartidos por el mundo. Espero que todos tengáis la suerte de encontraros uno...

Pido disculpas por mi larga ausencia y espero mantenerme en activo.
Feliz fin de semana y un beso muy grande!

María Jesus


martes, 13 de septiembre de 2011

EL Portero del Prostíbulo

De los muchos cuentos que he leído, este es uno de mis favoritos... especialmente en tiempos de crisis. Es una lección que aprendí la primera vez que lo leí y que aún hoy sigo recordando.




No había en el pueblo peor oficio que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio.


Un día, se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor, que decidió modernizar el negocio. Hizo cambios y citó al personal para darle nuevas instrucciones.


Al portero, le dijo:


– A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, va a preparar un reporte semanal donde registrará la cantidad de personas que entran y sus comentarios y recomendaciones sobre el servicio.


– Me encantaría satisfacerlo, señor –balbuceó– pero yo no sé leer ni escribir.


– ¡Ah! ¡Cuánto lo siento!


– Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida.


– Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Le vamos a dar una indemnización hasta que encuentre otra cosa. Lo siento, y que tenga suerte.


Sin más, se dio vuelta y se fue. El portero sintió que el mundo se derrumbaba. ¿Qué hacer? Recordó que en el prostíbulo, cuando se rompía una silla o se arruinaba una mesa, él lograba hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que ésta podría ser una ocupación transitoria hasta conseguir un empleo. Pero sólo contaba con unos clavos oxidados y una tenaza derruida. Usaría parte del dinero de la indemnización para comprar una caja de herramientas completa.


Como en el pueblo no había una ferretería, debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. Y emprendió la marcha. A su regreso, su vecino llamó a su puerta:


– Vengo a preguntarle si tiene un martillo para prestarme.


– Sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...


– Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.


– Está bien.


A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.


– Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?


– No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.


– Hagamos un trato –dijo el vecino. Yo le pagaré los días de ida y vuelta más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?


Realmente, esto le daba trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. A su regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.


– Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo... Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje, más una pequeña ganancia; no dispongo de tiempo para el viaje.


El ex-portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.


Recordaba las palabras escuchadas: "No dispongo de cuatro días para compras". Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara para traer herramientas. En el viaje siguiente arriesgó un poco más de dinero trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes.


La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Alquiló un galpón para almacenar las herramientas y algunas semanas después, con una vidriera, el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente. Con el tiempo, las comunidades cercanas preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.


Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricarle las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no?, las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos... En diez años, aquel hombre se transformó, con su trabajo, en un millonario fabricante de herramientas.


Un día decidió donar una escuela a su pueblo. En ella, además de a leer y escribir, se enseñarían las artes y oficios más prácticos de la época. En el acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad, lo abrazó y le dijo:


– Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de esta nueva escuela.


– El honor sería para mí –dijo el hombre–. Nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir; soy analfabeto.


– ¿Usted? –dijo el Alcalde, que no alcanzaba a creer–. Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir?


– Yo se lo puedo contestar –respondió el hombre con calma–. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería el portero del prostíbulo!

Feliz semana a todos y un beso.

*María Jesus*

lunes, 29 de agosto de 2011

Angelito Negro


El poema que pongo a continuación, me ha llegado tan al alma, que he pedido permiso a mi hermano para publicarlo... por los niños de Somalia y por todos los niños, que como el del poema sufren y mueren.


*Angelito Negro*

Mientras un niño llora, mamá le canta,
y le arrima su teta, no sale nada,
están secos sus pechos, como su alma,
mientras el niño llora, ella le calma.
Sus ojitos pequeños están hundidos,
no le brillan, reflejan que está perdido,
tiene sed, tiene hambre, tiene tristeza,
y su madre le abraza, mientras se queja.
Ella alza sus ojos, mirando al cielo,
y llorando suplica que su pequeño,
ya no tenga hambre y sed… tan sólo eso.
El pequeño calla, ya no solloza,
se ha quedado dormido… la madre llora.
No se mueve, no gime… se ha ido su alma,
su mamá se despide, por fin se calma.
Mientras cubre su cara, le come a besos,
se despide del niño, tan sólo eso.
Ya no hay hambre, no hay sed… ya se ha acabado,
el pequeño descansa, está cansado.
Ahora es un angelito… duerme tranquilo.
Desde el cielo a su madre, le ha sonreído.
Autor // Luis Blanco Guillen //
Ojalá entre todos podamos mandar un Trébol de cuatro Hojas a Somalia  para que esto deje de ocurrir...
Un beso a todos *Cuchu*


viernes, 20 de mayo de 2011

La jaula de los jilgueros


Había una vez una jaula muy grande que estaba llena de jilgueros. Todas las mañanas, cuando salía el sol, todos comenzaban a cantar. En pocos lugares se escuchaban unos cantos tan bonitos como aquellos. Pero había un jilguero que destacaba por lo bien que lo hacía. Nunca se había oído cantar a un pájaro de esa manera.

Un hombre muy rico oyó hablar de este jilguero y quiso tenerlo en su casa. Fue al dueño y le ofreció una fortuna a cambio del pájaro. Pero el dueño le dijo que había un pequeño problema. Como todos eran tan parecidos, no sabía distinguir cuál de ellos era. Aunque la cosa era de fácil solución; cuando le oyera cantar, se fijaría en él y le haría una marca. Así que, el hombre rico quedó en volver al día siguiente para llevárselo.

El dueño se puso a buscar al que cantaba tan bien. Cuando lo descubrió, lo cogió y le arrancó una pluma de la cola. Así lo podría reconocer con facilidad.

Por la noche, todos los jilgueros que vivían en la gran jaula estaban muy preocupados. Habían caído en la cuenta de que el dueño quería vender al que mejor cantaba. Estaban muy unidos y no querían perder a un buen amigo. Por eso, buscaron la manera de impedir que su amigo fuera vendido. Después de estar un rato pensando, a uno de ellos se le ocurrió una brillante idea. Arrancarse todos la misma pluma de la cola. Así no podrían reconocerle y no lo venderían.

A la mañana siguiente, llegó el hombre rico a por el jilguero. El dueño lo acompañó hasta la jaula diciéndole que ya estaba todo solucionado. Pero cuando empezó a buscarlo, se dio cuenta de que a todos les faltaba la misma pluma de la cola. Al final, no pudo encontrarlo y el jilguero no fue vendido. La unión de sus amigos había conseguido salvarle.

Siempre la unión hace la fuerza... Feliz fin de semana. Un beso.
María Jesus